DON CRISTÓBAL COLÓN

Acaba de terminar la serie televisada sobre la vida del Almirante que mantuvo en vilo a la nación colombiana durante los últimos meses. Como era de esperar de los productores italianos, en el libreto el ilustre genovés Christofforus Colombo era el bueno y Martín Alonso Pinzón, español, era el malo. En exceso de nacionalismo se olvidaron de que Cristobo Colons Fontorosa tenía nariz judía, de que era pelirrojo y picado de viruelas y lo convirtieron en un churro romano, que hizo pecar mentalmente a nuestras esposas y hermanas. Y hasta a las abuelas.

 

Quienes tenemos papá rico podemos dedi­carnos a vagabunderías científicas que se estilan hoy en día. Así como en ¨El Capital¨ de Marx se encuentra solo siete veces la palabra ¨alienación¨, en los Diarios y Relaciones de viaje de Colón, la palabra ¨oro¨ se repite mil trescientas veintiséis veces. El navegante soñador creía que ¨el oro es excelentísimo, del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo. Llega a que envía las ánimas al Paraíso¨.

 

Los chismes sobre los grandes hombres son deliciosos. En la serie, a pesar de que se transmitía en horario noc­turno, solo se insinuó el borrascoso romance del Almirante y la Reina Católica. Alejo Carpentier, en su bien documentado estudio ¨El arpa y la sombra¨, cuenta las peleas de celos en que Isabel trataba a Cristóbal de ¨marra­no¨ (judío converso), y el marino le contes­taba (aludiendo a su pequeña cirugía hebrea) que ella tenía porque saberlo ¨mejor que nadie¨­. Mientras tanto Fernando combatía con los moros.

 

Yo empecé o creer en la respetabilidad de la Santa Iglesia desde el momento en que conocí que Pío IX, con todo y su poder, no fue ca­paz de llevar a Colón al Santoral. La Sacra Congregación de Ritos se negó a beatificarlo por serias razones. Primero, por adjudicar a una de sus queridas los diez  mil maravedíes prometidos por la Corona a quien primero a­vistase tierra;  el damnificado Rodrigo de Triana, hubo de contentarse con un jubón de seda. Segundo, por haber llevado a España varios indios a quienes vendió sin autorización real en la Plaza de Sevilla. Los teólogos de la corte ya habían descubierto que ¨tenían alma¨ y Colón tuvo que devolver el dinero. Tercero: por vivir en público amancebamiento con una tal Beatriz y haber en ella bastardos. Y por último,  por impúdico, al haber escrito en sus Relaciones del Tercer Viaje que el mundo tenía forma de ¨teta de mujer … con pezón¨.

 

El proceso de beatificación se entrabó tam­bién por la pérdida de sus huesos. Era nece­sario localizarlos, para así establecer el sitio de su muerte y poder pedir un certificado de buena conducta al Obispo de la jurisdicción, conforme lo exigía el derecho canónigo. Pe­ro en fin de cuentas no se pudo saber si esta­ban en Valladolid, Santo Domingo o La Ha­bana. Y hasta hoy en día no se sabe.

 

El domingo 19 de Octubre de 1492, el au­daz navegante escribió en su Diario: ¨Creen que somos venidos del cielo¨. Años más tar­de los descendientes de los indios aprendimos a leer y ya no comemos cuento.

Nihilio / 85

 CristobalColon

 Cristóbal Colón. Por: Sebastián del Piombo

 

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