(De Adriano para Marguerite Yourcenar)
Ven a la muerte,
Marguerite,
con los ojos abiertos.
A reunirte conmigo,
instrumento de músculos, sangre y
epidermis,
una nube roja cuyo relámpago es el
alma.
Ven Marguerite
ánimula vágula blándula,
várius múltiplex multiformis.
Hace un mes sólo te diferencias de los
muertos
en que te está dado asfixiarte un poco
más.
No temas,
la muerte está hecha de la misma
materia
fugitiva y confusa
que la vida.
Es torbellino de fuerzas,
danza de átomos
donde todo está arriba y abajo a la vez,
en la periferia y en el centro.
Recuerda que,
cada hombre está eternamente
obligado,
a elegir entre la esperanza infatigable
y la prudente falta de esperanza.
Escoge,
la muerte es horrorosa pero también lo
es la vida.
Deja ya de sentirte responsable de la
belleza del mundo,
el catador de belleza termina por
encontrarla
en todas partes.
Ven a hablar de nosotros en pasado
a dar audiencia a los recuerdos
a mirarnos por fin con una mirada
inteligente.
Baja del caballo de la vida
a cuyos movimientos nos plegamos
sólo después de haberlo adiestrado.
El hueso del puño es menos libre que el
cerebro!
Sepárate de ese bello extranjero que
sigue
siendo,
a pesar de todo,
cada ser que amamos.
La muerte,
esa ruptura perpetua de los hábitos,
ese fin de la perpetua posibilidad del
suicidio,
para soportar con menos impaciencia la
vida.
Ese momento de la vida
en que la danza se convierte en vértigo,
en que el canto culmina en grito,
y el mundo vuelve a empezar
indefinidamente.
Sólo los exilios son fecundos.
Ven
ánimula vágula blándula,
várius múltiplex multiformis.
Ya colaboraste con la tierra,
imprimiste una marca humana en el
paisaje
que se modifica para siempre.
Mínima alma mía, tierna y flotante,
huésped y compañera de mi cuerpo,
descenderás a estos parajes pálidos,
rígidos y desnudos,
donde habrás de renunciar a los juegos
de antaño.
Todavía un instante mira las riberas
familiares,
los objetos que sin duda no volverás a
ver,
trata de entrar en la muerte con los ojos
abiertos.
Marguerite, en tu eternidad!
(Dictado por el Divino Adriano Augusto a Armando Gómez Ortiz. Diciembre de 1987)
