LA TRABA

No es mentira ni es secreto que la juventud urbana está consumiendo marihuana en cantidades alarmantes. Las quinceañeras tronadas abundan en las fiestas. Y los adolescentes señalan como bobo reaccionario a todo aquel que no sepa armar y encender con naturalidad un taco de yerba. Ya empieza a oler a cannabis quemada en los teatros y en los baños de los colegios. Es la moda. La juventud actual vive trabada y dice que lo pasa chévere.

 

La cannabis, al contrario del alcohol, conduce por lo general a estados de introversión y meditación. La percepción sensorial y artística aumenta de manera considerable. Los ojos enrojecen y los párpados pesan. La saliva desaparece de la boca y la lengua parece durmiente. Por el cuerpo sube y baja un cosquilleo liviano, un cuasi-vacio. El afectado por la marihuana acostumbra a mirar con lentitud y concentración en un objeto determinado. También se dice que la yerba es un afrodisíaco. Que permite a la pareja sentirse como flotantes en el acto del amor.

 

Las variedades de menor potencia motivan reacciones simpáticas: Dos melenudos que ríen estúpidamente toda una tarde tratando de contarse los pelos de la cabeza; una muchacha universitaria que corre desnuda gritando que el pirata negro la persigue para seducirla; un joven obstinado en hacer el amor con un punto; otro, que sintiéndose cojo, busca su pierna por todos los rincones de una discoteca; tres muchachos en coito con la estatua de La Rebeca; unos hippies creyéndose ángeles y comiendo flores en el parque.

 

Pero cuando la cannabis pertenece a las variedades poderosas – Golden Santa Marta, roja Tolima, andaquíes – y el consumidor está angustiado, puede presentarse la pálida, es decir un mal viaje cuya órbita generalmente termina en el infierno (Dante y los autores del Apocalipsis eran baretos). Yo presencié una pálida en la cual el fumador sufrió intensamente. Primero sintió que un temblor tumbaba todos los edificios. Ingresó sucesivamente en los mundos de la muerte, el infierno y la angustia infinita. Anuló los conceptos de tiempo y espacio. Discutía con Dios. Lloraba asustado y cuando sentía que se iba nos suplicaba con vehemencia salvaje que lo tuviéramos. Daba grandes saltos sobre el suelo, en desesperado intento por romper el viaje y regresar. Por momentos, dudaba si estaba vivo o muerto y quería un revólver para definir la situación. Y cuando ya empezaba a declinar su onda, se creyó recluido en un manicomio y muy triste se sentó a recibirnos la visita dominical.

 

Se también de dos amigos que enmarihuanados jugaron a los vampiros y terminaron tirándose dentelladas a la vena aorta. Y de otro que creyó haberse quedado completamente ciego y sordo. Sostienen los filomarijuanos que la yerba conduce al hombre malo al infierno y al bueno al paraíso. Deduzco que yo debo de andar mal rodeado. Mis amigos huelen a azufre. Y ojo que por los lados juveniles, día a día, aumenta la humareda.

Nadargo / 71

 

PD: Hoy en día es peor. Meten ¨monachitos¨, en sus variantes de play boy, caballo blanco, diamante, Simpson, Mickey, Superman, Euro y el sol. No sé como serán, porque mis amigos se regeneraron.

 

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