REINAS DE CARNE Y HUESO

Para nadie es un secreto que el moderno ¨opio del pueblo¨ está constituido por el deporte y los reinados. Sin embargo, es imposible negar que divierten y ayudan a soportar el drama y la monotonía de la vida diaria. A su alrededor giran por igual el sueño, la alegría, la ira, el orgullo y el dinero.

 

Cartagena, como era de  esperar y ¨a pesar de todo¨, realizó una vez más el show nacional de la belleza por exigencia carnestoléndica de sus alegres morochos, por necesidad económica de los beneficiarios de la ley Emiliani Román, y por el permanente deber patriótico de rendir homenaje a las mujeres colombianas y a las multinacionales del colorete y la pestañina.

 

Pero en realidad, lo anterior es lo de menos. Lo importante es que se aclare de una vez por todas, si se trata de belleza o de concurso de inteligencia y cultura general. En el mundo moderno se ha impuesto la especialización y, hoy en día, es imposible aspirar a la universalidad que caracterizaba a las candidatas en la Grecia antigua. Vestidas únicamente con una corona de laurel, recitaban de memoria ante el jurado la Ilíada y la Odisea y contestaban un cuestionario elaborado por un sofista, con base en los textos de Heráclito el Oscuro y los enigmas del oráculo de Delfos. Entonces eran otros tiempos. No existía la dispendiosa aplicación de toneladas de cosméticos, la lucha frontal contra la celulitis, las cirugías plásticas y el peluquero Dusty Fleming, que actualmente ocupan la totalidad de la jornada diaria de las reinas en potencia. Es obvio que hoy, la belleza es inversamente proporcional a la sapiencia y viceversa, como consecuencia del ¨ahorro de tiempo¨ imperante. Tal vez por ésta última razón, las pocas profesoras que tuve en la universidad, se parecían todas a la talentosa Teresa Gutiérrez, la doña Sara de ¨Los Cuervos¨.

 

Yo personalmente creo que el reinado de belleza debe ajustarse estrictamente a su denominación y, por lo tanto, debe limitarse a los rasgos faciales y al  90–60–90. Es necesario abandonar al doloroso parto de una idea u opinión. Bastaría con preguntarles el nombre, la edad, el nombre del colegio o universidad que las graduará por motivos publicitarios y su color preferido. Solo en casos muy excepcionales de empate, podría interrogárseles sobre el nombre del presidente de Colombia y el autor de ¨Cien años de Soledad¨. Así en un futuro se evitará que se repita la situación de este año, en que la vencedora hubo de ser tratada de dolencias estomacales, después de ofrecer una movida rueda de prensa  en que se dedicó al triunfo ¨a mi misma¨ ante el asombro de sus aterrados paisanos.

 

Todo parece indicar que los partidarios de la pura línea física empezamos a triunfar, por cuanto esta vez dejaron sin opción a una candidata por haber ganado el concurso de lectura. Y se dio a entender claramente, por la composición del jurado, que de la fecha en adelante no se tolerarán participantes de cuociente intelectual superior al de ¨La Fiera¨ de la telenovela mexicana de moda.

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LA PINTA DE BOLIVAR

Una distinguida señora, al tanto de mi interés por los temas bolivarianos, me llamó a las once de la noche para preguntarme si Bolívar eran tan feo y tan negrito como aparece en la nueva serie de televisión que nos ocupa por estos días. Traté de explicarle que la ciencia histórica moderna se preocupaba por cuestiones de mayor envergadura, pero todo fue inútil. Y a altas horas de la noche tuve que revolcar mi biblioteca.

 

¨El rizado de los cabellos, la boca un tanto, y el matiz trigueño del rostro denuncian en él ese otro antecesor mulato y más aún, su dolicocefalia peculiar, que en la mascarilla que le tomaron al morir se define prominentemente negroide¨ (Luis López de Mesa). Efectivamente, la mascarilla de Bolívar da un ángulo facial mayor de setenta y nueve grados, cuando en un blanco no pasa de setenta y tres a setenta y cinco grados.

 

Según Gil Fortoul, la bisabuela del Libertador aportó a la familia Bolívar las minas de Cocorote, la señoría de Aroa, y la sangre parda. José Rafael Sañudo explica el mulataje:  ¨Don Francisco Martín de Narváez, ascendiente de Bolívar, por ser su tercer abuelo paterno, tuvo relaciones ilícitas con una negra de su servicio llamada Josefa, de que nació María Josefa Marín de Narvaéz … Añádase que esta María Josefa casó con Pedro de Ponte, y su hija Petronila de Ponte con Juan de Bolívar, abuelo de Bolívar¨.

 

El General Páez, aún antes de sus conflictos con el Libertador, lo describía como ¨Bajo de cuerpo, un metro con sesenta y siete centímetros, hombros anchos, piernas y brazos delgados. Rostro feo, largo y moreno … el labio inferior protuberante y desdeñoso. Larga la nariz que cuelga de una frente larga y angosta, casi sin formar ángulo … alertas las grandes orejas … el General es decididamente feo y detesta a los españoles¨.

 

Es obvio, que del retrato de Ducoudray Holstein se puede dudar por su patológica animadversión hacia Bolívar, pero de todos modos su descripción del Libertador, confirma la apreciación predominante: ¨Su estatura es de cinco pies cuatro pulgadas, largo el rostro, chupadas las mejillas, la tez de un moreno lívido¨. De quien si no se puede dudar, por su afecto a Bolívar, es de su edecán Daniel Florencio O´Leary: ¨Los pómulos salientes, las mejillas hundidas, la boca fea y los labios algo gruesos. La distancia de la nariz a la boca era notable … la piel algo morena y áspera¨.

 

Fatigado, a la una de la mañana, comuniqué a la distinguida señora que Bolívar se parecía a la mayoría de los americanos; que en la iconografía conservadora bolivarista lo habían convertido en un vikingo de pelo rubio y ojos azules; que a su vez los liberales santanderistas lo dibujaban como un negro retinto azulado; y que a pesar de todo era la figura más importante de la historia moderna de hispanoamérica y que yo ya tenía sueño.

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SimonBolivarVidaPinta

Bolivar en 1829. Revista ¨Vida¨. Bogotá, N° 19, 1948.

VUELVEN LAS MUJERES

Históricamente primero mandaron las mujeres. La alegre promiscuidad sexual de las comunidades primiti­vas permitía saber quién era la madre, pero nunca quién había sido el padre. Por ello, el respeto y el acatamiento de los hijos era para las féminas (Bachofen). Además, en sus manos estaba la eco­nomía permanente de subsistencia: recolección y conservación del fuego. El hombre dedicado a la caza a veces no tenía éxito, pero a los cazadores vagos, las mujeres tan solo les cerraban, temporalmente, las puertas de las casas comunales y las piernas. Todo parece indicar que la época del matriarcado se redujo a una dulce tiranía.

 

Poco más tarde aparecie­ron la agricultura y la ganadería y empezaron las desgracias de las damas. Carecían de la fuerza suficiente para maniobrar un arado o derri­bar un caballo. Vino el plusproducto y después la propiedad privada (Engels), y ahí sí, pobres mujeres!. Los hombres necesitaron estar seguros de que los herederos de sus esfuerzos no fueran los hijos de sus mejores ami­gos. Y entonces inventaron para ellas la virginidad, la castidad, la monogamia, la fidelidad y el enclaustramiento.

 

Los anteriores cambios bien pronto fueron fijados en la ideología de consumo y hasta recibieron sanción divina. Al respecto el relato bí­blico es bastante conocido: ¨Parirás con dolor tus hijos y buscarás con ardor a tu marido que te dominará¨.  Después empeoró la situación. Tertuliano las definió como ¨Templum aedificatum super cloacam¨ y Santo Tomás escribió que ¨en ella encar­nan las tentaciones de la tierra, el sexo y el demonio¨. San Agustín, horrorizado, señaló la coexistencia de sus órganos sexuales y excreto­rios: ¨Inter foeces et urinarium nascimur¨. Para el siglo XIII ya estaba todo per­dido. Les habían colocado el incómodo cinturón de castidad de hierro reforzado, cue­ro de elefante y tres candados­.

 

Peor les fue en otras civilizaciones. El código hindú de Manú, decretó que ¨la mujer es peor que el corte de una navaja, el veneno y las serpientes, todo reunido¨. Buda sentenció que ¨la mujer es la personificación del mal¨. Pero las palmas en la historia machista de la infa­mia pertenecen, sin lugar o dudas, a los musulmanes. Que el Ayatollah Komeini exija hoy en día certificado de virginidad a las iraníes para ocupar cargos públicos y que sigan lapidando a las adúlteras es lo de menos. Lo gr­ve fue el invento de la circuncisión femenina o clitori­dectomía. El Masry relata con brutalidad:  ¨una  vulgar navaja de barbero … bastará una simple presión para mutilar… un poco de café molido en la herida¨. Así se aplacaría el furor sexual de las mujeres.

 

Pero todo cambia. Con la aparición de las máquinas modernas la fuerza muscular dejó de ser importante en la producción. Los hombres se dedicaron a matarse en las grandes guerras y las muje­res fueron reintegradas a la economía. Luego se tomaron por asalto las universidades (por ejemplo, en la UIS son hoy en día 3.400 hombres y 2.600 mujeres). Más tarde la famosa píldora les concedió la liberación sexual. Y a través del cine y la TV, aumentaron su preeminencia, gracias a que el capitalismo moderno es incapaz de vender una aguja sino es a través de senos y caderas.

 

Añádase a lo anterior, que durante su largo sometimiento y con fines de supervivencia, aprendieron a manejar las lágrimas de cocodrilo, las ¨cosas pequeñas¨, que son las más importantes, la sonrisa coqueta y el arte de dividir. Es un hecho que el segundo matriarcado se acerca con su segura secuela de vindicta.

 

En Colombia, las hijas de Eva andan detrás de los ministerios y las corporaciones financieras: la política y el dinero!  Ojalá no se les ocurra aspirar a la presidencia. Dios se apiade de nosotros!  Al revés de lo que afirmaba Marx, en este caso la historia primero fue comedia, y la segunda vez será tragedia. Y los hombres terminarán trepándose a los árboles y metiéndose en las grietas de la tierra. Lo dice la Biblia!

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Mantis

Mantis. Collage de Gustavo Gómez Mejía. 2000.

CUÁL RAZA?

El conocido helenista y tortugólogo Andrés Holguín, en su leída columna ¨Temas inesperados¨ de El Tiempo, se pregunta angustiado y confuso que cuál raza debemos celebrar el 12 de Octubre? En realidad, el problema es complejo, pero trataré de colaborar con un grano de arena científico a la solución de nuestro enigma racial.

 

Cuando los latinoamericanos somos bajitos, de espaldas anchas, piel cobriza amarillenta, pelo lacio, negro y fuerte como cerdas de caballo, cara casi plana, pómulos altos y separados, ojos pequeños y rasgados, lampiños, discretos y silenciosos, ello se debe  a antepasados nuestros que hace más de diez mil años cruzaron a pie el helado estrecho de Behring, y que pertenecían a la raza amarilla o mongoloide. Todavía pueden verse en estado casi puro en los buses de Bogotá, las calles de Tunja y las iglesias de Pasto. Y para que no queden dudas al respecto, muchas veces nacemos con una mancha grisácea o azulosa en el vértice de las caderas, la cual en Boyacá se llama ¨parche¨, y en lenguaje etnográfico ¨mancha mongólica¨. Es inútil que nuestras madres sigan tratando de borrarlas con piedra pómex.

 

En los casos en que salimos de cabellos claros o negros ondulados, de ojos redondos y brillantes, de mentón firme y nariz fina, velludos, canosos, chiquitos, pretensiosos y dados al piropo, lo anterior se explica por la llegada masiva de españoles pertenecientes a la raza blanca o caucásica. A partir del siglo XVI, violaron sistemáticamente a las indígenas, previo bautizo un minuto antes, con el fin de no contactarse con ¨herejes¨.  En estado casi puro los encontramos a veces en el viejo Caldas, en las regiones donde salen hormigas culonas, en el club Cartagena de la Ciudad Heroica y cargando pasos en Popayán.

 

Por petición del Padre de las Casas, importaron a continuación esclavos africanos pertenecientes  a la raza negroide, quienes nos legaron mejor estatura, piel sobrecargada de melanina, cabellos en espiral tipo grano de pimienta, las fosas nasales amplias, el labio bembón, las cabezas más largas que anchas, el sentido del ritmo, la alegre despreocupación, y el mal gusto en los colores del vestido. Aportaron además las negras la ¨esteatopigia¨ o excesivo saliente posterior de la región glútea, que tantos estragos sexuales ha causado en América. Dominan en las costas, riberas de los grandes ríos, y en los escenarios deportivos.

 

Posteriormente, y por efecto de la lascivia propia de los climas cálidos (Montesquieu), se armó la fiesta de las hibridaciones: nacieron mestizos, mulatos, zambos, lobos, cambujos, calpamulatos, barzinos, cuarterones, quinterones, requinterones, salta-atrás y tente-en-el-aire, etc. Por si fuera poco, a última hora nos llegó una ola migratoria de ¨majitos¨ expulsados por la desintegración del antiguo imperio turco, y quienes pronto demostraron que no le temen al mestizaje racial. Contribuyen con los ojos y las pestañas de ensueño, la nariz doblada, el gusto por las ventas de chucherías y la política clientelista.

 

Esta es, don Andrés, la multiraza que debemos celebrar. Puede que no sea del gusto de Gobineau o de Hitler, pero hemos gozado mucho estructurándola y nos proponemos no ahorrar esfuerzos en el camino que nos queda con la ayuda divina de Eros.

Nihilio / 85

 

PD: En viaje reciente a Moscú, me enteré de que mi profesor de Etnografía, P.I. Puchkov, reputado sabio, se había jubilado y que cuadraba sus ingresos haciendo árboles raciales. Cumpliendo sus exigencias fui a la consulta con una muestra de mi sangre y una lista de 30 apellidos de mis antecesores.  En traje adánico fui observado y palpado durante una hora. Quince días después fuí por los resultados. Se detectaron las siguientes etnias: íberos,  cartagineses, visigodos, vándalos (cómo así? De Vandalucía, España. Hoy Andalucía. ¿Volado de clase, Armando?), castellanos, aragoneses, árabes, moros, judíos sefarditas, papuas, esquimales siberianos, guanes, chitareros y yariguíes.  Extrañamente, encontró también huellas de pielroja y escocés. Qué raro!.

 

IN MEMORIAM: GONZALO BUENAHORA

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¨Era menos malo que los buenos¨

Epitafio en un cementerio chileno.

 

 

 

Es apenas natural que la muerte de los grandes rebeldes pase casi desapercibida, sobre todo, si con su inteligencia y acción fustigaron siempre la mentira y acompañaron las angustias de los de abajo.

 

Es el caso del médico santandereano Gonzalo Buenahora, recientemente fallecido en la ciudad de Bogotá y cuya pluma, ajena a los alambiques literarios, en­riqueció la historiografía, la novelística y la poesía regional. Sus obras mayores, ¨Sangre y petróleo¨, ¨La Comuna de Barranca¨, ¨Evolución y vigencia del cristianis­mo¨, su pieza de teatro ¨Golconda¨ y sus poemarios, crecerán en importancia con el paso del tiempo y se convertirán en títulos de obligada referencia para escribir la historia de nuestro puerto petrolero, de sus agudos conflictos sociales y de su quehacer literario.

 

Médico distinguido, nació en el seno de una familia piedecuestana tradicional en el año de 1.909 y adelantó estudios con los padres jesuitas en el Colegio de San Pedro Claver, y en la Universidad Nacional de Bogotá. Recién graduado, descendió de la fría meseta a los calores infernales de la política, el trabajo y el placer, en la Barrancabermeja de los años cuarenta. Allí, pronto se convirtió en médico de obreros y enérgico líder de la oposición a los abusos de la Troco. Lector ávido de los clásicos del marxismo, quería ser ¨el médico, no de un obrero enfermo, sino de una sociedad podrida¨. Sus dotes intelectuales y su valentía -su cojera y una cicatriz en la quijada así lo atestiguaban- lo transformaron pronto en fogoso concejal de la ciudad.

 

El  9 de Abril 1948, fue protagonista principal del ¨Barrancazo¨, cuando temporalmente se tomó el poder en compañía de Rangel Gómez, Díaz Callejas, Soto Crespo, Arturo Restrepo y José María Vesga Villamizar. Buenahora fue elegido miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno debido a su ascendiente entre el proletariado barran­queño. Pero sus sueños de reproducir la Comuna de París de 1871 en el puerto, o establecer el primer poder popular en el país, fueron truncados quince días después por el accionar enérgico del gobierno central. Durante este tiempo y sin traicionar la furia de las masas, se opuso al vandalaje y al crimen aleve y protegió la vida de sus enemigos políticos de la derecha conservadora -entre ellos mi padre- candidatos entonces a un seguro linchamiento. Y fue así, porque este terrible líder revolucionario combinaba a Lenin con San Pablo, a Nicolás Guillén con los poetas malditos franceses, y en el fondo era más violento consigo mismo que con los demás.

 

En la misma línea absurda de Milton y de Borges, Buenahora, lector y escritor empedernido, perdió la vista a mediados de su existencia. Nunca desesperó, tal vez por que sabía que el cerebro es erótico y que su verdadero afrodisíaco no es la visión, sino la palabra. En algunas ocasiones, yo fui su lector y corrector en prolongadas sesiones de letras y licor. Regresaba él a casa, con los papeles trági­camente arrugados en los bolsillos de su saco, los mandaba a planchar y después los publicaba pasando por encima de todo tipo de dificultades.

 

Fundó e hizo progresar con tesón su Clínica Buenahora en Bogotá, donde a precios módicos, trajo al mundo miles de niños sanos, con la ayuda experimentada de su esposa Aurita. Tomaba decisiones al tacto y daba órdenes en francés y en español. Y fue un obstetra acertado, porque los ojos del alma penetran las tinieblas y porque nunca fue un mercader de la salud.

 

Gonzalo Buenahora nunca volverá a escribir, ni a atender partos (yo le ayudé en algunos), ni a hacer la revolución. Pero seguirá rebelándose contra la injusticia a través de su obra. Y ahora que se encuentra en el reino de las sombras, libre de su impedimento, deberá estar moviéndose con ligereza y riéndose burlonamente de casi todo. Como solía hacerlo.

 

A.G.O / 85