IN MEMORIAM: GONZALO BUENAHORA

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¨Era menos malo que los buenos¨

Epitafio en un cementerio chileno.

 

 

 

Es apenas natural que la muerte de los grandes rebeldes pase casi desapercibida, sobre todo, si con su inteligencia y acción fustigaron siempre la mentira y acompañaron las angustias de los de abajo.

 

Es el caso del médico santandereano Gonzalo Buenahora, recientemente fallecido en la ciudad de Bogotá y cuya pluma, ajena a los alambiques literarios, en­riqueció la historiografía, la novelística y la poesía regional. Sus obras mayores, ¨Sangre y petróleo¨, ¨La Comuna de Barranca¨, ¨Evolución y vigencia del cristianis­mo¨, su pieza de teatro ¨Golconda¨ y sus poemarios, crecerán en importancia con el paso del tiempo y se convertirán en títulos de obligada referencia para escribir la historia de nuestro puerto petrolero, de sus agudos conflictos sociales y de su quehacer literario.

 

Médico distinguido, nació en el seno de una familia piedecuestana tradicional en el año de 1.909 y adelantó estudios con los padres jesuitas en el Colegio de San Pedro Claver, y en la Universidad Nacional de Bogotá. Recién graduado, descendió de la fría meseta a los calores infernales de la política, el trabajo y el placer, en la Barrancabermeja de los años cuarenta. Allí, pronto se convirtió en médico de obreros y enérgico líder de la oposición a los abusos de la Troco. Lector ávido de los clásicos del marxismo, quería ser ¨el médico, no de un obrero enfermo, sino de una sociedad podrida¨. Sus dotes intelectuales y su valentía -su cojera y una cicatriz en la quijada así lo atestiguaban- lo transformaron pronto en fogoso concejal de la ciudad.

 

El  9 de Abril 1948, fue protagonista principal del ¨Barrancazo¨, cuando temporalmente se tomó el poder en compañía de Rangel Gómez, Díaz Callejas, Soto Crespo, Arturo Restrepo y José María Vesga Villamizar. Buenahora fue elegido miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno debido a su ascendiente entre el proletariado barran­queño. Pero sus sueños de reproducir la Comuna de París de 1871 en el puerto, o establecer el primer poder popular en el país, fueron truncados quince días después por el accionar enérgico del gobierno central. Durante este tiempo y sin traicionar la furia de las masas, se opuso al vandalaje y al crimen aleve y protegió la vida de sus enemigos políticos de la derecha conservadora -entre ellos mi padre- candidatos entonces a un seguro linchamiento. Y fue así, porque este terrible líder revolucionario combinaba a Lenin con San Pablo, a Nicolás Guillén con los poetas malditos franceses, y en el fondo era más violento consigo mismo que con los demás.

 

En la misma línea absurda de Milton y de Borges, Buenahora, lector y escritor empedernido, perdió la vista a mediados de su existencia. Nunca desesperó, tal vez por que sabía que el cerebro es erótico y que su verdadero afrodisíaco no es la visión, sino la palabra. En algunas ocasiones, yo fui su lector y corrector en prolongadas sesiones de letras y licor. Regresaba él a casa, con los papeles trági­camente arrugados en los bolsillos de su saco, los mandaba a planchar y después los publicaba pasando por encima de todo tipo de dificultades.

 

Fundó e hizo progresar con tesón su Clínica Buenahora en Bogotá, donde a precios módicos, trajo al mundo miles de niños sanos, con la ayuda experimentada de su esposa Aurita. Tomaba decisiones al tacto y daba órdenes en francés y en español. Y fue un obstetra acertado, porque los ojos del alma penetran las tinieblas y porque nunca fue un mercader de la salud.

 

Gonzalo Buenahora nunca volverá a escribir, ni a atender partos (yo le ayudé en algunos), ni a hacer la revolución. Pero seguirá rebelándose contra la injusticia a través de su obra. Y ahora que se encuentra en el reino de las sombras, libre de su impedimento, deberá estar moviéndose con ligereza y riéndose burlonamente de casi todo. Como solía hacerlo.

 

A.G.O / 85

 

CONVOCATORIA A LA MUERTE

(De Adriano para Marguerite Yourcenar)

 

Ven a la muerte,

Marguerite,

con los ojos abiertos.

 

A reunirte conmigo,

instrumento de músculos, sangre y

epidermis,

una nube roja cuyo relámpago es el

alma.

 

Ven Marguerite

ánimula vágula blándula,

várius múltiplex multiformis.

 

Hace un mes sólo te diferencias de los

muertos

en que te está dado asfixiarte un poco

más.

 

No temas,

la muerte está hecha de la misma

materia

fugitiva y confusa

que la vida.

Es torbellino de fuerzas,

danza de átomos

donde todo está arriba y abajo a la vez,

en la periferia y en el centro.

 

Recuerda que,

cada hombre está eternamente

obligado,

a elegir entre la esperanza infatigable

y la prudente falta de esperanza.

Escoge,

la muerte es horrorosa pero también lo

es la vida.

 

Deja ya de sentirte responsable de la

belleza del mundo,

el catador de belleza termina por

encontrarla

en todas partes.

 

Ven a hablar de nosotros en pasado

a dar audiencia a los recuerdos

a mirarnos por fin con una mirada

inteligente.

 

Baja del caballo de la vida

a cuyos movimientos nos plegamos

sólo después de haberlo adiestrado.

 

El hueso del puño es menos libre que el

cerebro!

 

Sepárate de ese bello extranjero que

sigue

siendo,

a pesar de todo,

cada ser que amamos.

 

La muerte,

esa ruptura perpetua de los hábitos,

ese fin de la perpetua posibilidad del

suicidio,

para soportar con menos impaciencia la

vida.

 

Ese momento de la vida

en que la danza se convierte en vértigo,

en que el canto culmina en grito,

y el mundo vuelve a empezar

indefinidamente.

 

Sólo los exilios son fecundos.

 

Ven

ánimula vágula blándula,

várius múltiplex multiformis.

 

Ya colaboraste con la tierra,

imprimiste una marca humana en el

paisaje

que se modifica para siempre.

 

Mínima alma mía, tierna y flotante,

huésped y compañera de mi cuerpo,

descenderás a estos parajes pálidos,

rígidos y desnudos,

donde habrás de renunciar a los juegos

de antaño.

 

Todavía un instante mira las riberas

familiares,

los objetos que sin duda no volverás a

ver,

trata de entrar en la muerte con los ojos

abiertos.

 

Marguerite, en tu eternidad!

 

(Dictado por el Divino Adriano Augusto a Armando Gómez Ortiz. Diciembre de 1987)

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